martes, 25 de mayo de 2010

La mano del destino

José era un niño bastante tranquilo. Aunque sólo tenía ocho años, se desenvolvía muy bien para su edad. El hecho de no tener padre lo había obligado a madurar más rápido que los otros niños
Esa mañana su mamá no lo mandó al colegio, porque había pasado la noche con fiebre y estaba lloviendo. Antes de salir a trabajar le dijo que se quedara en la cama hasta su regreso. Él se volvió a dormir
Sin embargo, más tarde despertó y pensó que se había quedado dormido. No recordaba la conversación con su madre en la madrugada. Rápidamente se vistió y salió corriendo hacia la parada de autobús
Nadie lo vio pasar. Ni sus compañeros de clase, que ya se habían ido; ni Eusebio, el dueño del abasto, quien ese fatídico día abrió la tienda tarde, porque no encontraba las llaves; ni el padre Juan, que les daba la bendición todas las mañanas, pero había salido a visitar a un enfermo; ni Evaristo, que siempre trabajaba a esa hora en el porche de su casa, frente al camino, pero había salido temprano con los pescadores, porque una red se había enredado en un motor. José pasó como un fantasma por las calles del pueblo, totalmente invisible a las miradas que cotidianamente estaban allí, que debían haber estado allí, y que hubieran podido salvarle la vida
La lluvia había arreciado y el río estaba muy crecido. Él inocente y ajeno al peligro que le aguardaba más adelante, corría. Sólo pensaba en llegar a la escuela a tiempo. Y llegó al puente, por última vez en su corta vida

No hay comentarios:

Publicar un comentario