Les voy a contar el final del cuento rapidito, ya que planeo reestructurar la página y no quisiera dejar sin conocer el final a aquellas personas que hayan tenido la delicadeza de acompañar a Eva y a Miguel hasta ahora.
De ahora en adelante encontrarán en este blog escenas cortas, espero que las disfruten
Como se podrán imaginar, efectivamente los ladrones atrapan a Eva y a Miguel en el sótano y los secuestran, pero cuando ya están a punto de escapar, llega la policía y los detiene.
La emoción y el temor vividos esa mañana, les hacen comprender que sí es algo más que amistad lo que sienten el uno por el otro y, esa misma noche, en la fiesta,
se declaran su amor y viven felices para siempre.
A continuación, las escenas
Las primeras lluvias de mayo golpeaban con fuerza ese sector de la costa. Habían comenzado cinco días atrás y, aunque variaban en intensidad, no cesaban ni de día ni de noche. Ya hacía varios días que no se veía el sol y que no se escuchaba el canto de los pájaros. Era como si la lluvia se hubiera tragado a su paso los sonidos propios de la selva nublada. No había trinos de pájaros, ni el sonido del viento al pasar por los cocoteros; tan sólo esa lluvia pertinaz que no cesaba.
Los únicos que disfrutaban de ese clima eran los niños y gracias a Dios por ello. Sus risas alegres y sus chapoteos en los charcos rompían aquella melancolía. No podían ir al colegio porque el río estaba muy crecido y era peligroso pasar por el viejo puente. Podían ser arrastrados por la corriente, como sucedió una vez, quince años atrás.
Mientras tanto, una figura menuda recorría la calle de arriba a abajo, con la angustia pintada en el rostro. Era la vieja María, quien intentaba desesperadamente alejar a los pequeños del peligro que representan las embravecidas aguas. Con voz preocupada les decía:
- Niños, no jueguen tan cerca del río, que es peligroso. Vénganse para acá.
Y al no lograr su cometido, rogaba para sus adentros,
- ¡Ay Virgencita! cuida a esos muchachos, porque a mí no me hacen caso.
Y tenía razón: los muchachos nunca hacen caso. Ni estos, ni su muchachito José, el que le quitó Dios hace ya tanto tiempo. Al recordarlo, no pudo evitar que las lágrimas rodaran por sus mejillas
Irene de Santos
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