jueves, 20 de mayo de 2010

Andrés y el chino

Andrés y el chino eran dos almas gemelas. Se conocieron cuando niños, unos siete años atrás, y desde entonces no se separaron más nunca. Donde iba uno, iba el otro. Si uno se sentía mal en el colegio y se regresaba a su casa, el otro lo acompañaba. Hasta parecía que se leían el pensamiento, porque cuando uno agarraba el balón de fútbol para salir a jugar, ya el otro lo estaba esperando en la calle
Un domingo en la noche, sonó el timbre de la casa del chino. Cuando su papá abrió la puerta, se encontró a un hombre alto, de unos treinta y tantos años, quien le preguntó si allí vivía un niño con la descripción de su hijo. Ante la respuesta afirmativa, el visitante le contó que tenía la firme sospecha de que su hijo y otro niño, le habían vaciado dos cauchos del carro.
Extrañado ante este inusual comportamiento, lo llamó. Como padre, tenía que darle el beneficio de la duda y así, cuando el muchacho bajó, le preguntó si era cierto lo que aquel hombre afirmaba. Con mucho valor y su fiel amigo a su lado, el chino confesó:
- Sí papá, fuimos nosotros
- Y ¿por qué hicieron algo así?
- Porque nosotros le dijimos que no se parara ahí, porque estábamos jugando futbol, respondió
- Bueno hijo, pero eso no te da derecho para vaciarle los cauchos al carro del señor
En ese momento saltó Andrés indignado
- Sí señor, sí le da derecho. Es más, quien le vació los cauchos fui yo, porque el chino le pidió por favor que no se parara ahí y el nos contestó: “yo me paro donde me de la gana, carajitos de mierda”. Y a mi amigo nadie le habla así. Él se lo había pedido “por favor”

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