Eran las dos de la tarde de un domingo de marzo y un calor aplastante mantenía la ciudad ausente de vida. No se escuchaba el canto de los pájaros, seguramente ocultos al abrigo de la sombra de los árboles. Los ladridos de los perros, la risa de los niños y la campanita del heladero también habían desaparecido. La total ausencia de sonidos hacía pensar que allí no habitaba ningún ser viviente. Tampoco había gente en las calles. El pulso vital de la ciudad se había detenido por efecto del infernal clima
De pronto, un evento dantesco acabo con aquella calma obligada: un pavoroso incendio se desató en las faldas de la montaña protectora del otrora majestuoso valle, devorándolo todo a su paso. Las espantosas llamas alcanzaron una altura colosal en cuestión de segundos, alimentadas, tanto por los secos pastos, como por una repentina brisa que elevaba las lenguas de fuego, convirtiéndolas en remolinos que ascendían rápidamente hacia la cumbre
La ciudad volvió a la vida de repente. Advertida por el humo y el olor a muerte, la gente salió a las calles para atestiguar la destrucción del maravilloso jardín natural, que más que rodearlos, les pertenecía. Todas las conversaciones acusaban tonos de duelo en la voz. Era como si a cada uno de los vecinos se le estuviera quemando su propia casa
En medio de aquella angustia colectiva, la pregunta de rigor era planteada repetidas veces: ¿habrá sido provocado? Aunque nadie se atrevía a contestar, todos conocían la respuesta
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