Fausta esperaba en su cuarto. Permanecía sentada con la espalda muy recta. Se la veía tensa. Al oír el timbre de servicio, emprendió una marcha lenta hacia el cuarto de su patrona. Sus pasos eran cautelosos.
Vio a la señora colgando un cuadro. Esta, sin volverse a mirarla, le tendió un taladro. Mientras lo sostenía, contempló su imagen reflejada en el vidrio de una fotografía antigua. El peso del aparato la obligó a subirlo hasta recostarlo en su hombro.
Entonces, notó que la figura que le devolvía el improvisado espejo se parecía mucho a la de un hombre armado, el mayor de todos sus temores, el que la acosaba desde antes de nacer.
El miedo le hizo sangrar la nariz y corrió a la cocina a lavarse. Comenzó a cantar en quechua, para alejar el temor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario