Alex acababa de comprar su primer apartamento. Para lograrlo había tenido que empeñar hasta la camisa. Le debía a cada santo una vela, y era un hombre muy devoto. Miguel, un empresario cubano exitoso y gran amigo lo llamó una tarde. La pareja que habían conocido el verano pasado en París haría una breve parada en Caracas, únicamente para reunirse con ellos. Su presupuesto no contemplaba imprevistos y su próxima quincena estaba a años luz de distancia. Ellos sólo estarían una noche en la ciudad.
Miguel había hecho las reservaciones en Kala, un restaurante carísimo. No podía echarse para atrás, quería ver a sus amigos, quienes los habían colmado de atenciones en Europa, y además deseaba pagar la cuenta esa noche. Miguel lo había invitado ya demasiadas veces.
Sin mucho tiempo para pensarlo, se ofreció a recoger a la pareja en su hotel. Antes de salir de su casa, echó una última mirada a sus tarjetas de crédito. Temía que las rechazaran.
Mientras esperaba en la recepción del Marriot detalló el lugar. El lujo lo desbordó. Se sintió aún más pobre. Irama y Jackes bajaron. Parecían estrellas de cine: ella era una morena espigada bellísima. Él, un rubio alto y elegante.
La velada transcurría placenteramente. Lo único que desentonaba era una agitación en la mesa de al lado. Sus ocupantes estaban bastante exaltados. Logró descifrar el motivo cuando los mesoneros se sumaron a lo que interpretó como una búsqueda frenética.
Vio un destello entre la pata de un mueble y la pared. Caminó hacia él, se agachó y tomó lo que resultó ser un anillo de oro, con un brillante bastante grande.
Se volvió a mirar el salón. Nadie había notado nada. Sus amigos platicaban animadamente. La atención de la dueña de la joya y sus acompañantes estaba enfocada en el área inmediata a su mesa.
Lo examinó con disimulo. Su peso, el tamaño de la piedra y el disgusto de quienes lo buscaban, le permitieron hacer un cálculo rápido de su valor. Sonrió. Una expresión de triunfo acompañaba su semblante. Inició una marcha lenta hacia la mesa, con el anillo oculto en su puño. La solución a sus problemas económicos estaba en su mano.
-Perdón señora, ¿es esto lo que están buscando? –preguntó mientras entregaba la sortija a su dueña.
-Sí señor, gracias –respondió la mujer emocionada. Reía y lloraba a la vez.
-No hay de qué.
-Limpio, pero honrado –pensó, mientras regresaba a su mesa.
Poco después, recibieron una botella, cortesía de los comensales vecinos. Se acercaba el final de la noche. Sus preocupaciones se renovaron. ¿Cómo pagaría la cena? Mientras pensaba en esto, le hizo al mesonero una señal para que les trajera la cuenta y, para su sorpresa, este les indicó que ya había sido pagada.
-¿Será esto lo que llaman Karma? –pensó.
Celebraron el gesto de sus vecinos con otra botella de vino, por la que pagó encantado.
Bienvenidos a mi blog. Espero escribir en él todos los días. Lo creé como ejercicio del curso de escritura al que empecé a asistir el lunes 22/03. Espero que lo disfruten. Si bien al principio me pareció algo cortante, dado que no estoy acostumbrada a los blogs, ahora que logré crear este sitio, con la ayuda de mi hijo, lo encuentro divertido
martes, 29 de marzo de 2011
Las cartas de mi abuela
Mi abuela es la mejor escritora que he conocido, cosa bastante sorprendente para alguien que no sabía escribir con propiedad. De alguna manera logró completar tres o cuatro grados de primaria, que no fueron suficientes para permitirle dominar las normas básicas de ortografía, gramática y sintaxis que rigen nuestro idioma.
Sin embargo, no le hacían falta. Ella lograba comunicar sus ideas, experiencias y anécdotas con la ayuda de un bolígrafo de tinta azul, que en ocasiones dejaba charquitos de tinta al final de las palabras, y hojas blancas sobre las cuales trazaba líneas claritas a lápiz, que borraba al terminar la carta. La invención del papel rayado le ahorró mucho trabajo.
Jamás entendió la necesidad de tener dos íes, la griega y la latina, porque ambas sonaban igual. Entonces, ¿para qué complicarnos la vida con dos letras que hacían lo mismo? Las utilizaba indistintamente como vocal o conjunción, siguiendo la inspiración del momento. Tampoco imaginaba la utilidad de la hache, la letra muda, la de las “almoadas”, las “alajas” y la flor de “azar”, pero que jamás omitió al referirse a la Alhambra. Quizás porque esta última quedaba muy cerca del pueblo donde nació.
Pasé poco tiempo con ella, vivíamos muy lejos, pero su pasión por las letras lograba franquear la distancia que nos separaba y, por curioso que parezca, en ocasiones estábamos más al corriente de su vida que de la de otros parientes que vivían a minutos de mi casa. Tampoco le gustaba hablar por teléfono: lo suyo era escribir. Todos los meses recibíamos una de sus cartas.
Recuerdo con especial cariño las que me enviaba por mi cumpleaños. Cada veintidós de noviembre esperaba con ansias al cartero. En ocasiones llegaban antes, pero nunca después; se aseguraba de que fueran entregadas a tiempo marcándolas como “certificada” y “urgente” y colocándoles el doble de las estampillas requeridas. Además, empezaba a escribirlas el primero de octubre: el servicio postal necesitaba quince días para entregarlas; ella poco más de un mes para redactarlas.
Su caligrafía, de caracteres grandes y generosos, era de trazos irregulares, problema este que se agravó cuando la artritis le deformó las manos. Mi mamá me leyó las primeras cartas, porque, por más que me empeñaba, no lograba entenderlas. Escucharlas era un placer.
Con el tiempo, aprendí a leerlas por mí misma. Esas crónicas deliciosas me llevaron de su mano por La Gran Vía, me aliviaron el calor del verano en La Cibeles, me hicieron cruzar las puertas de Alcalá y contemplar las maravillas del Parque del Retiro.
Gracias a su prosa sencilla, supe que en ese lugar no se pueden cortar las flores. En 1.930, ella paseaba con mi abuelo y vio una rosa espectacular. Cuando pensaron que nadie los veía, él la cortó y se la dio. Inmediatamente apareció un policía que le impuso una multa de ciento cincuenta pesetas. Quizás hoy en día esa suma parezca ridícula, ni siquiera la moneda existe, pero en aquella época era una cifra exorbitante. Y lo peor fue que no le permitieron conservarla. Después de pagar la multa, le pidió al policía que se la devolviera, pero el funcionario se limitó a responderle: –aquí no se venden flores.
Fue una escritora muy dedicada. Le tomaba treinta días escribir las cuatro páginas que nos enviaba sin falta cada mes. En muchas de ellas empezaba diciendo: "Acabo de echar la carta en el correo..." Siempre estaba escribiendo.
Las cataratas interrumpieron su trabajo a la edad de ochenta y dos años. No encontró a quien dictárselas.
Sin embargo, no le hacían falta. Ella lograba comunicar sus ideas, experiencias y anécdotas con la ayuda de un bolígrafo de tinta azul, que en ocasiones dejaba charquitos de tinta al final de las palabras, y hojas blancas sobre las cuales trazaba líneas claritas a lápiz, que borraba al terminar la carta. La invención del papel rayado le ahorró mucho trabajo.
Jamás entendió la necesidad de tener dos íes, la griega y la latina, porque ambas sonaban igual. Entonces, ¿para qué complicarnos la vida con dos letras que hacían lo mismo? Las utilizaba indistintamente como vocal o conjunción, siguiendo la inspiración del momento. Tampoco imaginaba la utilidad de la hache, la letra muda, la de las “almoadas”, las “alajas” y la flor de “azar”, pero que jamás omitió al referirse a la Alhambra. Quizás porque esta última quedaba muy cerca del pueblo donde nació.
Pasé poco tiempo con ella, vivíamos muy lejos, pero su pasión por las letras lograba franquear la distancia que nos separaba y, por curioso que parezca, en ocasiones estábamos más al corriente de su vida que de la de otros parientes que vivían a minutos de mi casa. Tampoco le gustaba hablar por teléfono: lo suyo era escribir. Todos los meses recibíamos una de sus cartas.
Recuerdo con especial cariño las que me enviaba por mi cumpleaños. Cada veintidós de noviembre esperaba con ansias al cartero. En ocasiones llegaban antes, pero nunca después; se aseguraba de que fueran entregadas a tiempo marcándolas como “certificada” y “urgente” y colocándoles el doble de las estampillas requeridas. Además, empezaba a escribirlas el primero de octubre: el servicio postal necesitaba quince días para entregarlas; ella poco más de un mes para redactarlas.
Su caligrafía, de caracteres grandes y generosos, era de trazos irregulares, problema este que se agravó cuando la artritis le deformó las manos. Mi mamá me leyó las primeras cartas, porque, por más que me empeñaba, no lograba entenderlas. Escucharlas era un placer.
Con el tiempo, aprendí a leerlas por mí misma. Esas crónicas deliciosas me llevaron de su mano por La Gran Vía, me aliviaron el calor del verano en La Cibeles, me hicieron cruzar las puertas de Alcalá y contemplar las maravillas del Parque del Retiro.
Gracias a su prosa sencilla, supe que en ese lugar no se pueden cortar las flores. En 1.930, ella paseaba con mi abuelo y vio una rosa espectacular. Cuando pensaron que nadie los veía, él la cortó y se la dio. Inmediatamente apareció un policía que le impuso una multa de ciento cincuenta pesetas. Quizás hoy en día esa suma parezca ridícula, ni siquiera la moneda existe, pero en aquella época era una cifra exorbitante. Y lo peor fue que no le permitieron conservarla. Después de pagar la multa, le pidió al policía que se la devolviera, pero el funcionario se limitó a responderle: –aquí no se venden flores.
Fue una escritora muy dedicada. Le tomaba treinta días escribir las cuatro páginas que nos enviaba sin falta cada mes. En muchas de ellas empezaba diciendo: "Acabo de echar la carta en el correo..." Siempre estaba escribiendo.
Las cataratas interrumpieron su trabajo a la edad de ochenta y dos años. No encontró a quien dictárselas.
Vivian
Al llegar a la avenida, Javier fue sorprendido por tres patrullas policiales, una ambulancia y una camioneta negra y larga que no pudo identificar, estacionadas frente a su edificio. Temió lo peor. La que fuera una zona residencial segura, se había ido convirtiendo en blanco de robos, a todas horas.
Subió la escalera hasta el tercer piso, saltando los escalones de dos en dos. Las puertas de los cuatro apartamentos estaban abiertas de par en par, incluida la suya y sus vecinos hablaban atropelladamente.
Su esposa lo saludó y le señaló el televisor, donde transmitían en vivo, una noticia desde el lugar de los acontecimientos. Reconoció su calle, su edificio y alcanzó a ver partir la camioneta negra que antes no había podido reconocer. En la toma de la parte posterior de la misma leyó “Forense”.
La voz de la reportera relataba lo ocurrido: Vivian Gómez, de 17 años, se lanzó al vacío desde su habitación en un apartamento del cuarto piso, luego de ver un video de You tube, en el que aparecía su novio, teniendo relaciones con su mejor amiga.
Subió la escalera hasta el tercer piso, saltando los escalones de dos en dos. Las puertas de los cuatro apartamentos estaban abiertas de par en par, incluida la suya y sus vecinos hablaban atropelladamente.
Su esposa lo saludó y le señaló el televisor, donde transmitían en vivo, una noticia desde el lugar de los acontecimientos. Reconoció su calle, su edificio y alcanzó a ver partir la camioneta negra que antes no había podido reconocer. En la toma de la parte posterior de la misma leyó “Forense”.
La voz de la reportera relataba lo ocurrido: Vivian Gómez, de 17 años, se lanzó al vacío desde su habitación en un apartamento del cuarto piso, luego de ver un video de You tube, en el que aparecía su novio, teniendo relaciones con su mejor amiga.
Eloísa
Marlene subió al baño de Eloísa, su hermana mayor, con Gregorio, un arquitecto amigo de la familia. Una sombra oscura e irregular bordeaba la bañera, dando un aspecto horrendo a ese ambiente tan bien decorado, en el que destacaba una colección de muestras de perfumes, colocados sobre repisas de cristal, cortadas a medida. El mármol travertino no había sido una buena elección para el piso; es muy poroso.
Él sugirió aplicar algún limpiador, pero ella le explicó que nada había funcionado: las manchas de sangre, simplemente no salen.
Le contó que a Eloísa la encontraron en la bañera, con profundos cortes en las muñecas. En su laptop se veía un video en el que su novio aparecía con su mejor amiga.
Él sugirió aplicar algún limpiador, pero ella le explicó que nada había funcionado: las manchas de sangre, simplemente no salen.
Le contó que a Eloísa la encontraron en la bañera, con profundos cortes en las muñecas. En su laptop se veía un video en el que su novio aparecía con su mejor amiga.
Susana
Las olas se estrellaban con fuerza contra el malecón, levantando montañas de espuma. Su ronco rugido terminaba en un silbido apenas audible, mientras el mar se retiraba de nuevo a sus dominios lamiendo la arena.
Aquella mañana, lamía algo más: un vestido rojo, unos pies pequeños, una melena negra. Se llamaba Susana.
La encontró un deportista, quien dio aviso a las autoridades. El forense encontró en su mano una nota, en la que aún se podía leer: “No puedo más”.
Su esposo acudió a la morgue a reconocer el cadáver; lo que no pudo reconocer fueron sus motivos. Nunca pensó que la depresión la acorralara de tal manera. Estaba desolado.
Aquella mañana, lamía algo más: un vestido rojo, unos pies pequeños, una melena negra. Se llamaba Susana.
La encontró un deportista, quien dio aviso a las autoridades. El forense encontró en su mano una nota, en la que aún se podía leer: “No puedo más”.
Su esposo acudió a la morgue a reconocer el cadáver; lo que no pudo reconocer fueron sus motivos. Nunca pensó que la depresión la acorralara de tal manera. Estaba desolado.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Las lluvias de mayo

Las primeras lluvias de mayo golpeaban con fuerza ese sector de la costa. Habían comenzado cinco días atrás y, aunque variaban en intensidad, no cesaban ni de día ni de noche. Ya hacía varios días que no se veía el sol ni se escuchaba el canto de las aves. Era como si la lluvia se hubiera tragado a su paso los sonidos propios de la selva nublada. No había trinos de pájaros, ni el sonido del viento al pasar por los cocoteros; tan sólo esa lluvia pertinaz que no cesaba.
Los únicos que disfrutaban de ese clima eran los niños y gracias a Dios por ello. Sus risas alegres y sus chapoteos en los charcos rompían aquella melancolía. No podían ir al colegio porque el río estaba muy crecido y era peligroso pasar por el viejo puente.
Mientras tanto, una figura menuda recorría la calle de arriba a abajo, con la angustia pintada en el rostro. Una mujer avejentada prematuramente por los golpes del destino, con el blanco cabello enmarañado y un aspecto frágil y triste. Nada en ella permitía adivinar a la espléndida mujer que había habitado aquel cuerpo años atrás. Se trataba de la vieja María, quien intentaba desesperadamente alejar a los pequeños del peligro de las embravecidas aguas.
Con voz preocupada les decía:
- Niños, no jueguen tan cerca del río, que es peligroso. Vénganse para acá.
Al no lograr su cometido, rogaba, en voz baja:
- ¡Ay Virgencita! Cuida a esos muchachos, porque a mí no me hacen caso.
Había pasado mucho tiempo desde aquel día; tanto, que ya casi nadie lo recordaba. Sólo los ancianos del pueblo entendían el dolor de María y el tormento que la agobiaba al ver ese río crecido y escucharlo rugir, como reclamando un sacrificio.
Ellos sí se acordaban, los tres amigos que habían nacido, crecido y envejecido juntos en ese rincón del mundo. El mayor de todos era Eusebio, quien fuera el dueño de la bodega del pueblo, ya retirado. Evaristo, casi de su misma edad, era el tejedor de atarrayas, oficio que aprendió de su padre y el más joven era Segundo, nacido pescador, hijo y nieto de pescadores, quien estuvo a punto de cambiar la historia.
Estaban sentados en el porche de la casa de Eusebio, ubicada frente a plaza, desde donde se veía todo el pueblo. Todas las tardes se reunían allí, con sus recuerdos y sus historias.
Les causaba mucha pena ver a María con su sufrimiento a cuestas, cada vez que empezaban las lluvias de mayo.
Años atrás, María era una mujer hermosa, con ojos color avellana, más claros que el guayoyo recién colado, y una melena negra que caía sobre su espalda, como las cascadas en la montaña. Sus intensas ganas de vivir sólo podían ser contenidas por un cuerpo de recias carnes, cercado por una fina cintura. El baile era su pasión y el toque de tambor la expresión de su ser.
Vivía a las afueras de un pueblo cautivo entre la costa y las montañas, donde existía una relación íntima y profunda con la naturaleza. Ella, como una madre amorosa, garantizaba el sustento a sus pobladores, pero, en ocasiones, los castigaba severamente.
En lo profundo de esos poblados, se había erigido la iglesia de San Juan Bautista, cuyas celebraciones empezaban con una rigurosa misa al amanecer, seguida de una procesión, pero culminaban envueltas en un escenario de danzas ardientes, venidas de antiguas culturas africanas.
Era en esta parte de los festejos donde afloraban las destrezas de María. Todo el pueblo esperaba ansioso la llegada de cada veinticuatro de junio, día de San Juan, para poder admirarla y tratar de seguirle el paso en frenéticos bailes de tambor, que se prolongaban hasta el amanecer.
Ese año las fiestas del santo serían diferentes para ella. Bailaría con el alma, como siempre, pero encontraría un oponente a su altura, un hombre venido de lejos, que le llevaría el paso y le arrancaría el corazón.
Al atardecer, a la orilla del mar, se encendieron las hogueras y empezaron los repiques de tambor. El humo ascendía al cielo en honor al santo y el crepitar del fuego acompañaba el ritmo de los tambores, en un dueto perfecto.
Comenzó el baile. Los pies descalzos dejaban huellas en la arena, que más tarde atestiguarían el frenesí de la danza. Los cuerpos giraban una y otra vez, aparentemente sin rumbo, pero con un claro objetivo: permanecer en la blanda pista de baile el mayor tiempo posible. Nadie lo lograba. María los derrotaba uno a uno con las implacables cadencias de sus caderas.
Poco antes del amanecer, apareció un hombre alto, de anchos hombros y marcada musculatura. Su única vestimenta era un pantalón que apenas le llegaba hasta las rodillas; el resto de su cuerpo quedaba expuesto a la noche. Entró a la pista decidido.
La trigueña sintió su presencia y empezó a arrinconarlo, con la intención de correrlo de allí. Atacaba por la derecha, por la izquierda, siempre girando, pero no lograba obligarlo a retroceder. Él también giraba, la esquivaba y volvía girar en sentido contrario, anticipándose a sus movimientos. Finalmente, exhausta, ella se rindió. Ambos dejaron la húmeda pista de baile y se adentraron en la densa niebla. Nadie llegó a saber su nombre.
Meses después, un dolor intenso atravesó el cuerpo de María; como un puñal enterrado hasta lo más profundo de sus entrañas. Sentía que iba a partirse en dos. En la soledad de su casa, le rogaba a Dios que todo pasara rápido. Estaba asustada y sola, como siempre lo había estado. No tenía mamá, ni papá; los perdió cuando era niña. Tampoco tenía hermanos, ni primos. No tenía a nadie, aún.
Cada vez eran más cortas las pausas entre un dolor y otro. Recostada en su catre, empapada en sudor, esperaba. Llegó el momento y se le quitó el miedo, dando paso al valor y al aplomo que le dieron fuerzas para enfrentar ese último dolor inmenso, preludio de una nueva vida. Entonces, como traída por una ola del mar, envuelta en agua, llegó a sus brazos una criatura.
Era un varón hermoso, lo más bello que había visto en su vida. Lo llamaría Juan, en honor al santo, para no olvidar la fría madrugada cubierta de niebla, cuando se obró el pequeño milagro que ahora acunaban sus brazos.
Pasaron los años y Juan se convirtió en un niño muy desenvuelto para su edad. Al igual que a su mamá, la falta de padre lo obligó a crecer antes de tiempo. Su pasión era el colegio. Había aprendido a leer hacía poco y, desde entonces, siempre tenía un libro en las manos.
En las tardes, cuando ella regresaba de su trabajo en el campo, se sentaban los dos al frescor que propiciaba la sombra de un samán centenario. Él le leía los libros de cuentos que le conseguía el padre Luis, párroco del pueblo.
Allí pasaban horas enteras, mientras la luz de la tarde le permitía al pequeño llevar a su madre a tierras lejanas, de las que ella no había oído hablar. Escuchaba absorta relatos de dragones y santos y visitaba los palacios encantados, cuya ignorancia le había vedado.
Juan era su orgullo, su compañía, su vida entera. No se cansaba de darle gracias a Dios por haberle dado ese regalo tan maravilloso a ella, quien nunca había tenido nada.
Llovía copiosamente. El agua había golpeado con fuerza durante varios días las copas de los árboles, las piedras desnudas a lo largo del camino, las casas y se había ido colando debajo del suelo, aflojándolo cada vez más.
Las raíces de un inmenso samán intentaban, en vano, aferrarse a la tierra que se iba convirtiendo en fango. Además, el árbol mojado duplicaba su propio peso. Poco a poco, y después de cientos de años de lucha por tratar de alcanzar las nubes, se fue inclinando, hasta que, finalmente, el gigante se rindió y, en medio de un terrible estruendo, cayó.
Sucumbió al efecto de las aguas. Ese gigantesco Goliat había sido derrotado por un David transparente, cristalino y la mayoría de las veces, inofensivo.
Al desplomarse, aplastó una humilde vivienda y la hizo añicos. Al principio los vecinos no notaron nada, hasta que los perros empezaron a ladrar y a correr alrededor del gigante vencido. Luego, se dieron cuenta de que faltaba una casa, se acercaron al lugar y encontraron restos de paredes amarillas, de puertas y ventanas.
Escucharon gemidos salir desde adentro y trataron de llegar hasta ellos. Empezaron a trabajar a las dos de la tarde y para cuando terminaron, ya caía el atardecer de un plomizo miércoles.
Nadie podía sobrevivir a semejante impacto, pensaron, y decidieron mandar a buscar al sacerdote de la parroquia, al pueblo vecino. La lúgubre procesión le avisó al padre Luis, quien se apresuró a acudir en auxilio, ya no del pobre hombre, sino de su alma.
Toda una noche estuvo agonizando aquel desafortunado y toda una noche estuvo el padre Luis sujetándole la mano, orientando su espíritu hacia las manos del Creador, hasta que, con los primeros rayos del alba, el hombre expiró.
Ya era jueves. Agotado y conmovido el padre se recostó, cerró los ojos y se durmió. Soñó con los niños que iban al colegio, corriendo por la calle principal, frente a la iglesia. Los niños a los que esa mañana él no daría la bendición.
María salía a trabajar muy temprano. Pasaba cantando frente al abasto de Eusebio, donde se paraba a tomar el primer café del día. Él abría el negocio de madrugada, más que para vender, para saludar a quien pasara por allí. Ella siempre le encomendaba al niño. Con voz firme, le decía:
- Eusebio, Juan ya está levantado, se está preparando para ir a la escuela. Tienes que estar pendiente. Mira que eres su padrino.
Él replicaba contrariado – y ¿cuándo no he estado yo pendiente del muchachito? Tú sabes que lo quiero como a un hijo. Nunca entro al mostrador hasta que lo veo pasar y le echo la bendición.
- Sí negro ya lo sé, pero y ¿cómo hago yo? , añadía María, en tono de disculpa. Te lo tengo que recordar. Es que me cae un peso en el alma cuando salgo y lo dejo solo.
La mañana de ese jueves María no vio a Eusebio. Ya era hora de abrir la tienda y su compadre no aparecía. Esperó un rato, pero se le hacía tarde. Empujada por la prisa, no se le ocurrió entrar a buscarlo. Como no pensaba mandar a Juan al colegio ese día, no le dio importancia. Ya pasaría el compadre por su casa más tarde a verlo. Lo había dejado durmiendo y ya no tenía fiebre. ¿Qué podía pasarle?
Eusebio no vio pasar a María esa mañana. No le invitó el primer café del día, porque ni siquiera él lo había tomado. Llevaba bastante rato buscando las llaves para abrir el negocio. Molesto murmuraba:
- ¿Cómo es posible, Señor? Si esas llaves llevan colgadas ahí ya ni sé cuánto tiempo. Fue mi papá el que puso el clavo en la puerta de la cocina, para tenerlas a mano siempre, para cualquiera cosa que se ofreciera. Y el clavo seguía allí, no se había caído; eran las llaves las que no estaban.
El tiempo pasaba marcado, más que por el tic tac del reloj, por el repiqueteo acompasado de la lluvia sobre el techo de zinc, pero Eusebio no podía abrir.
Contrariado por la impotencia que produce no encontrar algo, llegó a pensar que el diablo en persona le había escondido las llaves “para jorobarle la paciencia”.
Era jueves. Antes del amanecer, en las tranquilas aguas del Caribe, Segundo lanzó sus redes en un lugar apartado. Nadie había faenado allí desde hacía mucho tiempo, por temor a las picúas que rompían los aparejos. Él, testarudo incorregible, no lo creía así.
- Allí debe haber bastante pesca, se decía.
- Eso de las picúas es puro cuento.
Esperó un largo rato y no ocurrió nada. El agua helada de la lluvia, fina y fuerte, punzante como dardos afilados, le magullaba la piel.
De repente, sintió una fuerte sacudida. La pequeña embarcación fue arrastrada hacia atrás con violencia varias veces; parecía que iba a zozobrar.
Impulsado por el instinto de supervivencia, tomó un arpón y saltó al agua. A pocos metros pudo ver un mero guasa enorme, que se había enredado en su red. Era un momento desesperado; debía ser muy cauto, porque si el fiero pez lo arrastraba y se enganchaba en la red, de seguro terminaría ahogado.
No podía sacar ese animal él sólo, y si no hacía algo pronto, perdería su peñero. Empezó a halar la malla hacia él hasta que, de repente, el pez dio un giro y logró zafarse. El peligro había pasado, pero la red quedó completamente enredada en las hélices del motor.
Cuando recuperó el aliento, tomó los remos y lentamente fue remando hacia la orilla. La lucha con aquel coloso de las profundidades lo había dejado agotado. No recordaba haber visto un pez tan grande en toda su vida.
Al llegar al muelle, ya había amanecido. Fue a buscar a Evaristo, el tejedor de atarrayas, para que lo ayudara a salvar la red. Luego de escuchar su increíble historia, Evaristo lo acompañó. Esa mañana no trabajaría en el frente de su casa.
Segundo y Evaristo iban de regreso al muelle, a tratar de salvar la red trabada en el motor. No era mucha la distancia que tenían que recorrer y caminaban sin prisa. Además, Segundo aún no se había recobrado completamente del susto y la fatiga de su singular aventura. Caminaban hacia el sur y el río les quedaba al este, a su mano izquierda. Toda la orilla estaba poblada por enormes cepas de bambú que crujían atemorizantes al paso del viento. Por momentos alcanzaban a ver el agua; después, quedaba oculta nuevamente por el bambú. Evaristo intuía algo de exageración en el relato de Segundo y le preguntó con picardía:
- ¿Y por qué no cortaste la malla?
- Porque está nuevecita. Lo último que quería hacer era dañarla, respondió Segundo.
- Yo creo que lo último que querías hacer era morirte, muchacho porfiado, repuso Evaristo.
- Y menos con esta lluvia que no se acaba. Nadie más salió a pescar, sólo tú. La corriente te hubiera llevado mar adentro y no te hubieran encontrado más nunca.
Al pasar por un claro, notaron que el río había empezado a salirse de su cauce. El nivel de las aguas subía rápidamente y un ronco rugido venía de lejos, de lo profundo de la montaña.
- Esto se está poniendo feo, advirtió Evaristo.
- Se ve que está lloviendo más duro en la cabecera. Una ola grande puede bajar de la montaña en cualquier momento.
Se detuvieron junto al río y vieron pasar ramas de árboles, nidos de pájaros y algunos troncos de bambú navegando con la corriente. A lo lejos alcanzaron a percibir algo diferente en el agua; pero no sólo flotaba, se movía, como retorciéndose. Subía y bajaba con el ondulante movimiento del caudal. Se acercaron a la orilla, y cuando el extraño objeto se encontraba a unos metros apenas, se dieron cuenta de qué se trataba.
Sin perder tiempo, Segundo se lanzó al agua, mientras Evaristo corría al pueblo a pedir ayuda. Sin embargo, al llegar a la plaza no encontró a nadie: aquel parecía un pueblo fantasma.
Por su parte, Segundo nadaba con todas sus fuerzas, pero los desechos que había arrastrado el río lo golpeaban una y otra vez y perdía momentos preciosos tratando de esquivarlos.
El objeto de su lucha se alejaba cada vez más. En una ocasión llegó a rozarlo con la punta de los dedos, pero el tronco de un jabillo le dio de lleno en la nuca y lo perdió de nuevo. No desmayó. Cuando ya no le quedaban fuerzas en el cuerpo, recurrió a las del alma.
Por fin, el río llegó a la playa, dónde se estrellaron una ola dulce y otra salada en un estruendoso choque, arrojando sobre la arena restos y hombre. Segundo corrió, pero comprendió que su esfuerzo había sido inútil. Había llegado demasiado tarde.
La fría mañana de ese jueves, María no mandó a Juan al colegio, porque había pasado la noche con fiebre y estaba lloviendo. Antes de salir a trabajar, le dijo que se quedara en la cama hasta su regreso. Él asintió medio dormido, se acurrucó bajo la cobija y se volvió a dormir.
Poco después despertó y pensó que se la había pasado la hora de levantarse y se le haría tarde para ir al colegio. No recordaba la conversación con su madre en la madrugada. Rápidamente se vistió y salió corriendo hacia la escuela.
Nadie lo vio pasar. Ni sus compañeros, que ya se habían ido; ni el padre Luis, que les daba la bendición todas las mañanas, pero había salido el día anterior a atender a un moribundo y aún no había regresado; ni Eusebio, el dueño del abasto, quien ese fatídico día abrió la tienda tarde, porque no encontraba las llaves; ni Evaristo, que siempre trabajaba a esa hora en el porche de su casa, frente al camino, pero había salido temprano con Segundo, a reparar una red.
Juan pasó como un fantasma por las calles del pueblo, totalmente invisible a las miradas que cotidianamente estaban allí, que debieron haber estado allí, y hubieran podido salvarle la vida.
La lluvia había arreciado y el río estaba muy crecido. Él, inocente y ajeno al peligro que le aguardaba más adelante, corría. Sólo pensaba en llegar a la escuela a tiempo. Y llegó al puente, por última vez en su corta vida.
Sebastián
Sebastián es un niño todoterreno. Decir que es adorable, muy simpático, lindísimo y educado es dejar de lado la mayor de sus virtudes: es un guerrero urbano. Como muchos niños de nuestro tiempo, emigra desde su tibia camita demasiado temprano, para cubrir su apretada agenda. Se sienta con su mami a desayunar cereal, mientras planea mentalmente las actividades del día: halarle las colitas a Laura, colorear con los creyones de cera, aunque tenga que arrancárselos a Miguel, y hacerle entender a la maestra que compartir sus juguetes preferidos no es una opción. ¡Ah, si! , también tiene que crecer y aprender cosas de adultos; debe recordar que ya no usa pañales y necesita pedir permiso para ir al baño.
Desde esa edad en la que las personas todavía no tienen nada de que arrepentirse, guarda una relación muy especial con su amigo Chiquitín, quien aparece junto a él en la foto. Y es que los niños y los animales manejan un código secreto de comunicación, ajeno a muchos adultos. Sólo aquellos que aún no han perdido su alma de niños se entienden con los animales desde el corazón.
Dedicado a Florángel Quintana
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