martes, 12 de abril de 2011

El Cuadro

La crisis económica golpeó con fuerza al país en el 2009. Sólo en ese año, el número de desempleados se elevó de cuatro a seis millones. Sin embargo, eso no le impedía a Luis derrochar su dinero en los mercados de pulgas. Recorría sus pasillos atestados de trastos durante horas y días, preguntando, tomando notas y regateando. Se jactaba de ser un conocedor.
Exhibía sus cachivaches en la sala de su casa. Solía dar a sus visitas largas peroratas sobre arte, historia y hasta decoración, cuando en realidad no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Era un contador retirado que no había estudiado estas disciplinas. Sus maestros eran los mismos vendedores del mercado, quienes suelen inventar historias increíbles sobre su mercancía, con el objetivo de aumentar su precio.
Ana, la sirvienta, era la víctima principal de sus necedades. Trabajaba en su casa martes y jueves. Llegaba cada día temiendo encontrar un nuevo tesoro, al que debería dedicar horas de limpieza. Para tales fines, su patrón había convertido una de las habitaciones en sala de restauración. Allí guardaba muchos productos abrasivos, que ella utilizaba siguiendo sus instrucciones. Las manos le quedaban hediondas y adoloridas de tanto restregar.
No se atrevía a contradecirlo. Una vez discutieron por un cuadro y él se encolerizó. Estuvo a punto de despedirla ¿Quién se creía ella para atreverse a cuestionarlo? Sólo era una sirvienta. Logró conservar su empleo argumentando que no había recibido una educación tan esmerada como la suya.
Un viernes encontró a su patrón muy ocupado. Intentaba separar un cuadro de su marco. Inició su labor esperando que la llamara para pulir el marco, limpiar el cuadro o cualquier otra extravagancia. Pero pasaron las horas y nada de eso ocurrió. Cuando iba de salida, Luis la abordó con aire triunfal: había logrado su cometido. Tenía el marco en una mano y el cuadro en la otra. Le pidió que, de camino al ascensor, botara el lienzo a la basura. Ella lo tomó y se retiró.
El martes siguiente, Ana no fue a trabajar. Luis encontró una nota en el buzón, en la que ella le explicaba que tenía que irse al campo a cuidar a su abuela. Él siguió con sus expediciones, siempre en búsqueda de nuevos tesoros.
Un día, compró un jarrón de porcelana, supuestamente de la dinastía Ming. Se lo envolvieron en periódico y regresó a su casa emocionado. En el camino se detuvo en la cerrajería. Una pieza tan valiosa requería reforzar la seguridad de su hogar.
Cuando iba a botar el envoltorio, algo llamó su atención. La joven que aparecía en la foto de la primera página le resultaba familiar. Alisó el papel y leyó: “De forma casual, fue encontrado un famoso cuadro perdido de Cezanne, por Ana Robledo, magister en Arte, actualmente desempleada. La obra fue subastada en 35 millones de euros”.

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