Elisa estaba sentada en el patio del colegio, esperando su turno para reunirse con los profesores de su hijo. Con algo de nostalgia, veía a los niños jugar. Le parecía que fue apenas ayer cuando llevó a su pequeño de la mano a presentar el examen de admisión, pero no; habían pasado ya once años desde aquel día y catorce desde que lo hizo con su hija mayor.
No tenía prisa. Se había propuesto disfrutar ese último momento; esa última entrega de boleta. Además, no había motivo de que preocupación, las calificaciones de José eran excelentes y había logrado ingresar a la mejor universidad del país, en la cual su hija mayor iba por la mitad de la carrera. Ya todo estaba hecho.
-¿Ahora qué vendrá?-se preguntaba-A reinventarme de nuevo. Aprendí a ser estudiante, hasta que se me acabó la carrera y aprendí a trabajar. Aprendí a ser novia, hasta que me casé. Entonces aprendí a ser esposa y luego, aprendí a estar embarazada. Después aprendí a ser mamá, aun cuando descubrí con horror que los niños vienen sin manual. Aprendí a buscar pediatra y a no estar de acuerdo con él. Aprendí a buscar cupo en colegios, a asistir a reuniones y a apertrecharme con un arsenal de marcadores de colores, cartulinas, plastilina y paletas de helado, para cuando mis pequeños me entregaban los domingos en la noche la circular arrugada, que había paseado varios días en el bulto, en la cual las maestras me pedían cualquiera de estos materiales. En los colegios, también aprendí a dejar de ser yo para convertirme en la mama de. Aprendí a aguardar rezando durante eternos exámenes de admisión en varias universidades. Aprendí a organizar sacramentos, ya llevo seis; tres por cada hijo, y todo esto sin descuidar mi trabajo, para el que nunca estuve preparada y que también ha de cambiar pronto.
Ya llevo casi medio siglo parada en este planeta y ahora tengo que aprender a ser yo de nuevo. A partir de hoy, después de la última firma en el libro de informes, la cual de alguna manera pone fin a este contrato, ya no seré más la mamá de. Adoro a mi familia, pero seré libre de nuevo. Ahora tengo que aprender a ser yo-
En ese momento, su sexto sentido, agudizado durante años en ese mismo patio, le advirtió de un proyectil que se aproximaba veloz a su cabeza y abandonó sus meditaciones. Volvió a la realidad justo a tiempo para atrapar el balón que había pateado uno de los niños. Deliberadamente lo retuvo y esperó que su dueño se le acercara, pero llegó su turno y en un último acto académico lo chutó directo a puerta y se anotó otro gran gol.
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